El ladrón de cerebros


Una vida sin ciencia es como una vida sin música. Puede ser igualmente maravillosa, pero sin duda desaprovechamos una de sus grandes ofrendas”.
Esta frase extraída de la introducción de “El ladrón de cerebros”, expresa la motivación principal detrás de la aventura que ha supuesto escribir este libro: compartir mi fascinación por la ciencia como herramienta para comprender el mundo, e intentar alcanzar a un público lo más amplio y heterogéneo posible. Porque “para disfrutarla, no se precisa un lenguaje sofisticado ni grandes conocimientos previos. Sólo un cerebro receptivo”, defiende otra máxima del libro.

Os confieso amigos, que cuando escribo en este blog, os imagino como una especie de quimera entre el lector no especializado que busca aprender conceptos nuevos relatados con agilidad y frescura, y el científico que observa con ojos críticos cómo alguien se dispone a hablar e incluso bromear sobre su campo de investigación. Mi reto siempre ha sido dejar satisfechos a ambos perfiles a la vez, y poder crear espacios que sean realmente para todos los públicos. En este sentido, me encantaría pensar que “El ladrón de cerebros” es un libro que podría regalar una madre a su hijo estudiante, y a la inversa.
A pesar de que sois vosotros la referencia que lo mantiene vivo, nunca os he hablado de cómo y por qué empezó este blog. Quizás leyendo la introducción os sorprenda averiguar que la idea de escribir un libro sobre un avispado ladrón de cerebros que se inmiscuía en algunos de los principales centros de investigación del mundo, participaba en sus experimentos, conversaba con los científicos, y les robaba sus conocimientos con el objetivo de compartirlos con todo aquél que deseaba escucharle, antecedió a la propia aparición del blog. Quedó en letargo mientras esta columna cumplía tal función, pero despertó vigorosa cuando la ilusión –que al final es quien decide- le hizo un pícaro guiño.
Encontrareis otra advertencia en la introducción de este libro. Como actividad humana que es, la ciencia está contagiada de nuestras propias imperfecciones. Somos conscientes de ello, y por eso dedicamos un bloque entero a perder nuestra inocencia y escudriñar en sus entrañas. Pero también sabemos que “a nadie le apetece visitar un museo que exponga cuadros mediocres”. Siendo cautelosos en no transmitir una imagen distorsionada de la investigación científica, en este libro sí destacamos sus maravillas, y difundiremos el optimismo endémico de la ciencia. Un optimismo que a veces puede parecer fantasioso, pero sin el cual los grandes científicos no soñarían con comprender el funcionamiento del cerebro humano, descubrir cómo se originó el universo, alcanzar una coexistencia sostenible con el resto de especies del planeta, eliminar enfermedades, o colaborar activamente en el reto social de alcanzar un mundo mejor.
El entusiasmo que siento hacia estas y muchísimas más temáticas es tan sentido, que me resulta imposible hablar de ciencia de manera aséptica. En el blog recurro a la primera persona para explicar que me resfrié porque un rhinovirus se instaló en mi nariz, que escribí sobre qué diantre era la antimateria tras largo alboroto en una fiesta con amigos, que permití que estimularan eléctricamente mis neuronas para ver si mejoraba mi capacidad de aprendizaje, que me escandalicé al visitar el museo del creacionismo en Kentucky, o que entrevisté al presidente de la sociedad internacional de investigación en células madre porque dudaba del tratamiento que iba a recibir la madre de una amiga. Son experiencias que en momentos determinados evocan mi interés, y que decido no esconder con el pretexto de hacer más cotidiana la ciencia. Si bien la información ha sido ampliada y contextualizada, tampoco he renunciado a ellas en un libro que me ha permitido continuar “rascando donde no picaba” y descubrir intereses ocultos que ni siquiera sabía de su existencia.
No quiero desvelaros mucho más de “El ladrón de cerebros”. Por lo menos hoy y en este espacio que a partir del próximo post continuará hablando exclusivamente de ciencia. Si eres un recién llegado, obtendrás un poco más de información sobre mi y el libro en la web de “El ladrón de cerebros”. Pero sin entrar en un terreno demasiado
personal, sí querría terminar este post citando al artista y amigo Mikel Urmeneta como creador de la fabulosa portada, y a Eduard Punset como generoso autor del prólogo y gran mentor durante los 4 años que trabajé a su lado en REDES. También a los varios científicos amigos que están compartiendo sus conocimientos en secciones de este blog, y como no, a los protagonistas del primer agradecimiento que aparece en el libro: los lectores de "Los apuntes científicos desde el MIT". Os he ido conociendo por los lugares más dispares y escuchado repetidamente la reacción “¿tú eres ese del blog en el país? ¡en la foto pareces más joven!”. Ojalá se repitan muchos más encuentros.

Por aquellas casualidades que rozan el surrealismo, la primera aparición pública del ladrón de cerebros será este próximo viernes en Ciudad de México durante unseminario de periodismo científico organizado por la UNAM. Pero a finales de noviembre viajará a España dispuesto a pasar diciembre presentándose ante todo aquel que quiera recibirle. Y como no, a robar algunos cerebros que desde hace tiempo tiene en la lista negra…
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Contacto: pere@mit.edu / Twitter: @Perestupinya

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