Ciencia y libertad


Autor: Juan Ignacio Pérez, Catedrático de Fisiología y Coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU
La ciencia, además de un conjunto de conocimientos, es una forma de conocer y entender el mundo físico y a los seres vivos que en él se encuentran (nos encontramos). Es una forma de aprehender la realidad que cuestiona de forma permanente lo que ya sabemos o creemos saber. De hecho, el científico está siempre dispuesto, -ha de estarlo, al menos-, a contrastar los descubrimientos anteriores y la validez de los esquemas, los programas, las hipótesis y las teorías elaboradas con anterioridad.
Desde ese punto de vista, la ciencia es una disciplina humilde. En contra de lo que muchos piensan, no pretende alcanzar el conocimiento perfecto, probado; en ciencia no es posible la verificación. En ese sentido, tiene un alcance limitado. Sin embargo, es en esa limitación, en esa humildad, donde radica su grandeza. Porque esa limitación es lo que permite que la adquisición de conocimientos progrese de forma ininterrumpida.
En la ciencia la duda es esencial. Los científicos no tenemos certezas absolutas; no podemos asegurar nada con total seguridad. Hemos de estar siempre dispuestos a revisar lo que sabemos o creemos saber, y a revisar también lo que hagan otros. Ahora bien, esa misma duda, ese escepticismo, nos acompaña cada vez que alguien propone que algo que creíamos saber era incorrecto y ha de ser sustituido por un conocimiento nuevo. Para aceptar la novedad es preciso aportar pruebas y cuanto más se distancia una nueva propuesta de los saberes que se consideraban establecidos, más sólidas han de ser las pruebas que se aporten para sustituirlos.
La ciencia es optimista. Los científicos pensamos que la realidad física que nos rodea es comprensible, que mediante la utilización de observaciones, mediciones, comprobaciones, haciendo uso del razonamiento inductivo, y también, por qué no, de la deducción, podemos saber cada vez más, comprender cada vez mejor la realidad.
Contraste de ideas, humildad, escepticismo, optimismo. ¿Les resultan familiares esos atributos? Son los atributos de las sociedades abiertas, de esas en las que hoy no somos capaces de saber qué ocurrirá mañana; en las que somos libres, todo lo libres, al menos, que se puede ser allí donde tenemos que convivir de forma armónica con otras personas; sociedades en las que somos ciudadanos, no súbditos, y menos aún siervos o esclavos. Por eso, ciencia y libertad son nociones que van de la mano; son compañeras, quizás son, incluso, cada una condición de la otra.
Hay quien sostiene que no es para tanto, que la ciencia también se ha abierto paso en sociedades totalitarias. En la Unión Soviética o la Alemania nazi, por ejemplo, se produjeron importantes avances científicos. Pero, ¿es eso cierto? O, mejor dicho, ¿hasta dónde es eso cierto?
Es verdad que en la Unión Soviética se produjeron avances científicos, y también en la Alemania del Tercer Reich. Pero si bien es cierto que se produjeron avances, algunos muy importantes, también lo es que no se desarrollaron o que se desarrollaron de forma incorrecta importantes campos del saber. Las teorías raciales del Tercer Reich eran erróneas, pero se pusieron en práctica y se investigó sobre hipótesis que derivaban de esas teorías porque se desarrollaron bajo las premisas de unas ideas preconcebidas, de base ideológica y ajenas al método científico. Y lo mismo podemos decir del lamarquismo de Troffim Lysenko. Lustros de dificultades y retraso agrícola en la Unión Soviética tuvieron su origen en la imposición sobre la comunidad científica de ideas preconcebidas acerca de la maleabilidad de la naturaleza.
Acotando el periodo de una forma quizás excesivamente precisa, puede decirse que la ciencia, tal y como la entendemos hoy, se constituyó como rama del saber entre 1543, año en que se publicó el libro de Mikolaj Kopernik (1473-1543) sobre el Sistema Solar (“De revolutionibus orbium coelestium”) y el de Andries van Wesel (1514-1564) sobre anatomía humana (“De humani corporis fabrica”), y 1687, año en que aparecieron los “Principia Matematica” de Isaac Newton (1642-1727). En esa época vivieron astrónomos y naturalistas de la talla de Tycho Brahe (1546-1601), Galileo Galilei (1564-1642), Johannes Kepler (1571-1630), William Harvey (1578-1657) y Robert Boyle (1627-1691).
En esos años se desechó la visión aristotélica del mundo y se transformó la comprensión que tenía el ser humano de la naturaleza. La racionalidad austera, precisa, acumulativa que caracteriza a la ciencia reemplazó a la especulación difusa y desordenada de la Edad Media. El tránsito no fue fácil, y prueba de ello fueron las vicisitudes por las que tuvo que atravesar el propio Galileo. Pero sin duda fue un periodo apasionante en la historia de la Humanidad. Por primera vez se explicitó la idea de que el conocimiento, el conocimiento científico, era fuente de poder. La idea se debe a Francis Bacon (1561-1626), a quien se considera padre del empirismo: “Knowledge itself is power, not mere argument or ornament” es la frase mediante la que dio forma a la idea.
Muchos se preguntan o se han preguntado acerca de las razones por las que la ciencia surgió en esa época y en los países en que surgió, en el Occidente europeo. Como ocurre con casi todos los fenómenos de gran trascendencia histórica, son seguramente varios los factores que actuaron de forma simultánea. Pero a mí no me cabe duda de que uno de los más importantes, si no el más importante, es que en esas zonas se había producido durante el siglo anterior un importante desarrollo urbano: Italia septentrional, Países Bajos, Inglaterra y Escocia, y zonas pujantes del norte de Europa habían experimentado un gran progreso. Y los motores de ese progreso fueron el comercio y la libertad, dos compañeros inseparables. Las ciudades de esas zonas no se encontraban bajo la égida de grandes imperios o, al menos, los grandes imperios de la época no llegaron a interferir con su desarrollo. Esas ciudades habían prosperado económicamente gracias al comercio, que había sido posible debido al debilitamiento anterior de los sistemas feudales. Y el comercio, la apertura al exterior y los intercambios que permitió fueron el vehículo para la circulación de las ideas. Como dice Matt Ridley, “donde prospera el comercio prospera la creatividad y la compasión”. Además, no debemos pensar que los científicos vivían del aire. Algunos pertenecían a familias acomodadas, sí, pero otros recibían el apoyo de mecenas, mecenas que se podían permitir serlo gracias a la riqueza que había atesorado sus familias. Y otros eran profesores en universidades cuya existencia era posible gracias a las riquezas que proporcionaba el comercio.
¿Y hoy? ¿Se puede decir que hoy también existe una relación entre ciencia y libertad? Yo creo que sí. La ciencia aporta calidad al pensamiento humano. En la medida en que se extiende su conocimiento, -mediante la educación, principalmente-, al tejido social, promueve una ciudadanía mejor formada, más crítica, con mayor capacidad para evaluar la idoneidad de las políticas públicas vigentes y de las nuevas propuestas. Esa ciudadanía cuenta con criterio mejor formado, y se encuentra en condiciones de ser más exigente con sus gobernantes. Es así más libre. Y esa libertad y esa capacidad de ejercer la crítica de manera efectiva es lo que permite un mejor funcionamiento social y la razón por la que en las sociedades con mayor desarrollo científico los ciudadanos son más protagonistas de su devenir, tanto individual como colectivo.
Como he dicho al comienzo, la ciencia se caracteriza por la humildad, la duda y el optimismo. En las sociedades libres, humildad, duda y optimismo son esenciales. Una sociedad en la que se pretenda que existen verdades políticas absolutas, en la que no estemos dispuestos a revisar y contrastar de forma permanente los pasos que se dan o en la que se piense que el futuro nos deparará una vida peor, es una sociedad condenada a la falta de libertad y al autoritarismo. Es el tipo de sociedad que promueven los movimientos políticos totalitarios. Por esa razón, una sociedad en la que la ciencia, sus principios, forman parte del patrimonio intelectual de sus integrantes, es una sociedad vacunada frente a esos peligros. Es una sociedad más libre.
Nota: Este texto recoge la intervención del autor en la presentación de la edición en lengua vasca del “Sidereus nuncius” (1610) de Galileo, que se celebró en el Museo San Telmo de San Sebastián, el 22 de junio.

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