La Ciencia en una encrucijada: ¿qué hacer?

Más allá del perímetro del IVIC, y de numerosas instituciones de investigación científica, se generan continuamente intensos debates acerca de los modelos de producción, el acceso al conocimiento, la desigualdad social, la dominación patriarcal, incluso la crisis ambiental planetaria; pero poco de esos debates forman parte de la agenda institucional. Cabe preguntarse: ¿por qué la cotidianidad no forma parte de nuestra cotidianidad? ¿qué nos hace, como trabajadores de la Ciencia, ajenos a estas realidades?, trabajar para la Ciencia y participar de la realidad, ¿encierra en sí una contradicción?.

Una de las fortalezas más potentes que tiene la Ciencia moderna, entre las numerosas que tiene, es su supuesta –y bien construida- imagen de ser una actividad apolítica, con valoraciones neutras acerca de las condiciones que determinan la actividad humana. Esta falacia le permite al científico de hoy, desmarcarse con facilidad del debate de la relación entre la Ciencia y la exclusión social, la Ciencia y la debacle ambiental, la Ciencia y la dominación de los pueblos, por mencionar algunos, y por el contrario lo invita a ubicarse en el análisis de estas realidades desde una perspectiva superior y ajena. Un análisis mínimo de las condiciones geopolíticas e históricas que han permitido la consolidación de este patrón de conocimiento que denominamos Ciencia, permite desmontar este, tan grave, supuesto. No es éste el texto que mejor pueda dar cuenta de esta situación, los interesados pueden pasearse por las obras de Hans Jonas, Jürgen Habermas, Edgardo Lander, Pierre Bourdieu, entre centenares, para familiarizarse con esta realidad. 

 Por otra parte, llama poderosamente la atención la continua negación,  o al menos, el no-reconocimiento del carácter jerárquico de este patrón de conocimiento que a diario practicamos, divulgamos y mitificamos. Cabe destacar que, en su columna vertebral, este patrón discrimina entre razón y cuerpo, ser humano y naturaleza, objeto y sujeto, desde una perspectiva patriarcal, eurocéntrica y religiosamente marcada. Difícilmente un patrón de conocimiento con estos valores puede ser neutro, e imposible que el sujeto constructor del conocimiento sea apolítico. 

 Un elemento central de esta dicotomía jerarquizada se desprende de los planteamientos de Bacon que contribuyeron de manera sensible a la definición de las bases conceptuales de la ciencia y la tecnología en la sociedad occidental capitalista emergente en la Europa pre-revolución industrial. Esta visión centra el propósito de la Ciencia en el control, manipulación y explotación de la naturaleza, a través de una práctica metódica de construcción de la verdad, sin límites establecidos y sin responsabilidades determinadas. La Ciencia moderna crece y se fortalece en una sociedad cuyo modo de producción tiene el mismo carácter sin límites ya mencionado, el capitalismo. Juntos, capitalismo y Ciencia moderna, se combinan de manera tal que hoy forman una trama indisoluble, una trama que le ha permitido a la cultura occidental apropiarse de todos los rincones del planeta y arrollar, o invisibilizar, a los múltiples patrones culturales que otrora hicieron vida sobre la faz de la Tierra. 

Nuestros predecesores científicos no pudieron ser más exitosos.

 En tan sólo cuatro siglos, el ser humano ha dilucidado la estructura del átomo, visitado el espacio, generado múltiples mecanismos de comunicación, hurgado el genoma humano, y miles de hallazgos y aplicaciones tecnológicas que no logró en miles de años de civilización. La Ciencia logró consolidarse de tal manera, que para muchos es el único patrón de conocimiento sistemático que genera conocimientos válidos, otros patrones son minimizados como conocimiento popular, brujería, shamanismo o creencias.  Igualmente logró construirse un carácter mítico de universalidad, objetividad, generador de la verdad, y superioridad, cuando sólo puede dar algunos ejemplos de estas condiciones. Igualmente, este patrón se construyó una institucionalidad eurocentrada y muy peculiar, demás está destacar que es bastante excluyente y que implica, entre otras cosas, un sistema de rango al modo cuartel, un sistema rígido de divulgación del conocimiento generado (sólo para especialistas), un idioma único, un sistema de validación sesgado (no es la comunidad quién determina qué se estudia y qué validez tiene), una suerte de segmentación infinita de la realidad, y un largo etcétera. A lo interno de esta institucionalidad del conocimiento es difícil hacer críticas, su éxito la ha equiparado al poder que tiene un Dios en cualquier práctica monoteísta. En sí, la Ciencia moderna es nuestro dogma. Ciertamente este patrón de conocimiento es extraordinariamente poderoso.

Pero el final del siglo veinte puso de manifiesto, para la Ciencia moderna y su institucionalidad, el final de lo infinito. El capitalismo, con su modelo científico-tecnológico, se toparon con un planeta finito en recursos naturales, e igualmente limitado en su capacidad de recoger los desperdicios del crecimiento infinito. Sería ingenuo listar las manifestaciones de esta realidad, pero por mencionar algunas tenemos: la mayor desigualdad social registrada en la historia del ser humano –principalmente evidenciada en el acceso a los alimentos-, el cambio climático global, la acidificación de los océanos, extinciones masivas de especies, contaminación nuclear local y regional, mercantilización de la salud, etc. 

Y aquí han comenzado nuestras más profundas contradicciones.

 Para una persona fuera de la esfera del mundo occidental sería muy sencillo comprender que un modelo de desarrollo que se basa en el crecimiento infinito no es posible aplicarlo a un sistema finito como es el planeta, pero todos aquí estamos en la esfera de la occidentalidad. Igualmente, para una persona fuera de la esfera del mundo occidental buscar soluciones dentro de la misma lógica que generaron el problema (capitalismo y su patrón de conocimiento) no sería una opción, pero para nosotros sí. Cabe preguntar, ¿ignoramos las causas estructurales de la crisis planetaria global? ¿no visualizamos el fin de múltiples formas de vida, quizás incluida la nuestra? los que determinan qué debemos saber y qué no debemos saber ¿nos ocultan algo? ¿o se trata de terquedad suicida?

 Con frecuencia uno escucha respuestas, a veces ya con cierto tono de slogan, como que “el problema no ha sido la Ciencia ni los científicos sino lo que otros hacen con los conocimientos”, se entiende que otros son los que generan las tecnologías, y que otros son los malos, cuando las cosas salen mal. En este fraseo, ni la Ciencia, ni el científico parecieran haber visionado el paradero del conocimiento generado, me he preguntado siempre ¿entonces, para qué lo generaron? ¿fueron responsables en su búsqueda? Muy distinto es el mundo de hoy, la distancia entre la investigación y su aplicación (tecnología) es mínima, incluso inexistente. Existen múltiples ejemplos de líneas de investigación que emergen por la necesidad de generar tecnologías, cuyo basamento conceptual aún es pobre, dicho más claro, cómo dudar de los avances de la Ciencia en tiempos de expansión imperial o guerras.

 Vivimos un período de la historia con marcadas tensiones entre los Estados por el control de las riquezas del planeta, principalmente las esenciales para la vida: energía, agua y alimentos. En el medio de estas tensiones han surgido movimientos progresistas de países que aspiran deslastrarse del poder colonial, propiciando políticas autonómicas y emancipadoras. Sin embargo, resulta contradictorio para estas políticas que la construcción de sociedades multiétnicas y pluriculturales, como se establece en nuestra Constitución –por ejemplo-, se haga de la mano del desarrollo de la ciencia y la tecnología como patrón de conocimiento (Art. 110, CRBV), que como hemos visto es fuertemente hegemónico y discriminatorio. La oficialización de un único patrón de conocimiento no permite la construcción de sociedades multiétnicas y pluriculturales, un único patrón de conocimiento no puede ser democrático; por el contrario, soy del pensar que debemos popularizar otros patrones de conocimientos distintos a la Ciencia moderna, si tenemos algún interés por el resguardo de las condiciones para la vida en el planeta.  

Numerosas iniciativas fuera de la esfera de la occidentalidad existen, por suerte. Pero a diario son invisibilizadas, criminalizadas, o simplemente erradicadas. Esas iniciativas constituyen al menos una mirada distinta al patrón hegemónico de la occidentalidad y su Ciencia, del eurocentrismo y sus valores de dominación (de los otros seres humanos y de la naturaleza), que podrían dar luces a una salida válida para el precipicio que se aproxima. En la otra acera estamos nosotros, ¿podemos desde nuestros espacios de investigación cambiar el futuro ya dibujado por nosotros mismos? ¿nos animamos a debatir nuestro rol en la construcción del presente, o esperamos que el futuro nos alcance?

Francisco Herrera
Centro de Ecología del IVIC

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