El mundo necesita otra ciencia y otra tecnología


La humanidad, a lo largo de la historia, ha elaborado interpretaciones científicas y artísticas de la realidad que le rodea y en la que se desenvuelve. Las fuentes de información primordiales para modelar esa cosmovisión son la práctica social, el trabajo y las actividades vitales del ser humano en su conjunto. Cada año que pasa, cada día, hora o minuto, en algún lugar del planeta se conoce algo más sobre nuestro universo natural y social. En cada momento la humanidad suma conocimientos, muchos de los cuales son de provecho y son constructivos para la naturaleza social del ser humano, mientras que otros no lo son. El desarrollo de la ciencia, de las artes, la técnica y la tecnología han ido generando a nivel global algunas herramientas beneficiosas en cuanto a salud, enseñanza, deporte, seguridad, educación, trabajo, etc., que han permitido incluso a los más ineptos gobiernos del planeta responder ante sus pueblos al menos con un paquete básico de beneficios sociales necesarios para la supervivencia humana.

Lamentablemente la realidad nos muestra que no todo lo que la ciencia aporta es positivo, pues a pesar del celebrado desarrollo de los conocimientos científicos y tecnológicos, estos han contribuido más a la destrucción de la sociedad y de la naturaleza, que lo que han contribuido a protegerla. Las armas nucleares y todo tipo de armas de destrucción masiva, son un claro ejemplo de esa tecnología absurda e innecesaria. Existen todavía muchos y muy serios problemas en el mundo, que más bien se han incrementado con el paso del tiempo, a pesar del avance de las “ciencias”. Hay más hambre que hace diez, veinte o treinta años, más crímenes, más guerras, más muertes por cáncer, por epidemias, por tragedias y accidentes, por fenómenos “naturales”. Hoy es impresionante el ritmo de devastación de la naturaleza por parte de las sociedades y actividades que se creía tecnológicamente más avanzadas, como nos enseñan la tragedia de Japón y el caso del derrame en el Golfo de México.En fin, estamos más cerca de una autodestrucción global que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Lo que sucedió en Japón, país paradigma de la tecnología, es un triste ejemplo de la impotencia del ser humano para corregir sus propios errores, como lo fue el caso de Chernóbil, paradójicamente en un sistema llamado “socialista”. La tecnología que predomina en el desarrollo de la mayor parte de las actividades de los seres humanos, en general, presenta una gran incertidumbre en cuanto a los beneficios que genera y una gran certeza en cuanto a los perjuicios que provoca. Son tecnologías todas en ciernes, que atentan pública y aceleradamente contra los elementos de la biosfera esenciales para la existencia de la vida, sea que esta tecnología se ubique en el mundo llamado desarrollado o que se encuentre en el tercer mundo; sea que esté en países neoliberales o en algunas revoluciones populares de Asia, África y América Latina. Estamos hablando de categóricas y demostradas limitaciones tecnológicas en plantas nucleares, pozos petroleros en alta mar, monocultivos con transgénicos, minas a cielo abierto, pesca depredadora, transporte contaminante, sistemas constructivos insostenibles, etc.La tecnología en el mundo egoísta y “competitivo” de la actualidad es una tecnología perversa, fomentada por el afán desmedido de lucro y el crecimiento económico sin freno. El propósito de los grupos políticamente dominantes es competir en consumo y producción y por tanto sobreexplotar la naturaleza, siendo que la ciencia y la tecnología desarrolladas son dañinas, anacrónicas e incoherentes, en tanto su propósito fundamental no está vinculado al bienestar social y la preservación de la naturaleza. La competencia por los recursos conduce al guerrerismo y el saqueo por parte de los países colonialistas, que irremediablemente lleva a concentrar esfuerzos en la construcción de armas que no aportan nada a la sociedad y que en manos de ineptos sólo desolación producen. Igualmente, el industrialismo, el urbanismo, el extensionismo agrícola y ganadero, el extractivismo descontrolado, etc., son tendencias de la sociedad actual que han contado con tecnologías y disciplinas científicas programadas para alterar la integridad del planeta, sin orden ni control alguno.La ciencia ahora es perversa por sus efectos, como también lo son la técnica y la tecnología que se derivan de ella. La actividad de los científicos y de los tecnólogos aplicada a la producción de armas de todo tipo es perversa; la ciencia orientada a la producción de químicos agrícolas venenosos, también, como lo son la orientada a la producción de artículos suntuarios y de lujo, a la producción de sistemas publicitarios innecesarios y redundantes, a la producción de plásticos de enorme huella ecológica, a la producción de mecanismos de destrucción de los recursos de la naturaleza, a la alteración del ADN humano y de otros animales y plantas, a la construcción de enormes urbes y zonas de producción donde no se debe; todas esas actividades negativas hacen de los llamados “científicos” seres robóticos al servicio del egoísmo y de la ciencia una actividad negativa e inhumana, esclava de la ambición y la codicia. La sociedad debe revertir ese fenómeno histórico y llevar a cabo un replanteamiento de las labores, de las profesiones, de las ciencias y, por ende, de las técnicas y tecnologías que emplea. Debemos comprender, con humildad, que todo lo que el ser humano ha “creado”, puede ser barrido en minutos por un fenómeno natural, especialmente cuando el fenómeno ocurre donde hemos actuado con prepotencia y negligencia, como es el caso de las tragedias de los tsunamis sobre urbes que no debieron existir en ciertas costas donde se sabía, por historia y por estimaciones, que estaban expuestas.Todavía, a pesar del daño irreversible ya hecho, es posible mitigar lo actuado y corregir el rumbo de la humanidad. Pero urge ver el planeta como un Ser Vivo, como una Madre Generosa que nos presta sus fuerzas para que vivamos. Urge que los órganos de poder como los partidos, sindicatos, iglesias, gremios y cámaras se sumen al movimiento ecologista y hagan algo, por primera vez en su existencia, por detener la brutal escalada contra el planeta. *BiólogoPor: Marco Tulio Picado*

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