El Doctor Jacinto Convit



El mundo necesita hombres y mujeres que se dediquen con pasión (compasión) y que sientan la pasión del otro. Ser uno con el otro en la caridad y el bien que se hace a otro. Hacer el bien a otro. Tal como lo promueve el budismo y el cristianismo y el comunismo. No por dinero ni premios ni  alabanzas. Si no, como lo afirma un gran venezolano, Jacinto Convit, hijo ilustre de La Pastora: por hacer el bien.
A los 98 años, los cumple este mes, continúa entregado al estudio y a la investigación para combatir males milenarios que aquejan a la humanidad: lepra, cáncer, leishmaniasis. Venezolanos como Jacinto Convit es lo que necesita el país, la humanidad. Personas dedicadas al estudio, el análisis, la reflexión, el trabajo, ahora que tanto hablamos de pensamiento crítico, de socialismo, de cambiar los valores o recuperar los valores (caridad, altruismo, entrega, solidaridad, amistad, amor) que hemos perdido en medio de tanta confusión.
Preocuparse por el dolor de los demás, por aquellos que sufren. Esa es la clave, sostiene el doctor Jacinto Convit, para no llevar una vida mediocre. Pensar todo el tiempo en el dinero, la fama, el concurso, el consumo, el dinero, la competencia, otra vez el dinero, lo que los demás hacen o no hacen. Eso es ser mediocre. Y la tendencia mayoritaria apunta en ese sentido. Sobre todo en una sociedad que propicia la necesidad de consumir hasta consumirse.
Hombres como José Gregorio Hernández, quien también  vivió y murió en la parroquia La Pastora, donde tenía su consultorio y atendía a la gente pobre y humilde que sufría enfermedades. Nuestro Santo  de Isnotú, José Gregorio Hernández, murió (29 de junio de 1919) en la esquina de Amadores, La Pastora, atropellado por un vehículo que  circulaba a 30 Km. Dicen que dijo el Siervo de Dios antes de morir: Virgen Santísima.
Jacinto Convit nació el 11 de septiembre de 1913. Hijo de un inmigrante catalán: Francisco Convit y Martí y Flora García Marrero, una dama pastoreña de origen canario, como los agricultores y músicos por naturaleza (mi abuelo Simón Abreu) que aún cultivan las pastoreñas campiñas de Hoyo de la Cumbre y Sanchorquiz, subiendo por Puerta de Caracas/Castillito.
Los invitó a visitar este lugar (Camino de los Españoles/El Fortín) olvidado de la malamada Caracas. Será un regalo de la vida, se los prometo.
Su educación secundaria la realizó en el liceo Andrés Bello de Caracas bajo la dirección de dos insignes maestros: Rómulo Gallegos y Pedro Arnal. En 1937 conoció a quien sería su esposa, Rafaela Martota (enfermera ), contrayendo nupcias con ella el 1° de febrero de 1947, siendo padre de cuatro hijos: Francisco (1948), Oscar (1949), Antonio y Rafael (1952), quienes son gemelos.
El 19 de septiembre de 1932 ingresa a la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. En septiembre de 1937 recibe el título de Bachiller en Filosofía, optando enseguida por el título de Doctor en Ciencias Médicas, presentando la tesis Fracturas de la Columna Vertebral en 1938. El 27 de septiembre de ese mismo año se gradúa de doctor en Ciencias Médicas.
El desempeño sanitario-epidemiológico de Convit se inicia en 1937 cuando, siendo estudiante de medicina, es invitado por Martín Vegas (profesor de dermatología en la Facultad de Medicina) y Carlos Gil Yépez a visitar la leprosería de Cabo Blanco, en el estado Vargas.
Recién graduado, es designado médico residente de esa leprosería. Entre 1940 y 1943, paralelamente a su cargo en la leprosería, trabaja como director ad honoremde la Cruz Roja en La Guaira, lo que le permite tener una vivencia más amplia de la clínica médica.
Durante ese período asiste a la consulta de enfermedades de la piel del Dispensario Central perteneciente a la escuela de Venereología, ubicado de Conde a Piñango.
En el leprocomio de Cabo Blanco Jacinto Convit queda conmovido, impresionado por las condiciones en que se encontraban aquellos seres que sufrían tan terrible enfermedad. Recluidos en unos grandes sanatorios que presentaban problemas de hacinamiento, miseria, aislamiento. Un lugar que la humanidad había reservado a sus hermanos enfermos de lepra. La dolorosa, implacable, medieval lepra.
El doctor (qué maltrecha palabra últimamente) Jacinto Convit,  no sólo se dedica a estudiar, investigar, analizar, pensar, reflexionar y preocuparse y trabajar  y sanar a quienes sufren a causa de la lepra. Si no que también se dedica a luchar, a cambiar, a transformar las condiciones en que vivían, en que se encontraban sus hermanos venezolanos enfermos de lepra, recluidos, olvidados en aquellos sanatorios inclementes, donde la humanidad dejaba de ser humanidad.
Luego de varias investigaciones con el único remedio empleado en estos pacientes, el aceite de Chaulmoogra, pudo comprobar que el compuesto de Sulfota y Clofazimina podía fungir con gran efectividad en contra de este mal, lo que conllevó el cierre de las conocidas leproserías donde los enfermos eran encerrados y vejados en su condición humana.  
Se desempeñó con esfuerzo, dedicación y amor por sus pacientes, quienes también lo quisieron y lo quieren mucho.
Destaca su hoja de servicio: Director de los Servicios Antileprosos Nacionales. En 1945 el Ministerio de Sanidad lo envía a Brasil para que visite,  observe y estudie las condiciones de los servicios antileprosos de ese país. Allí encontró 35.000 enfermos de lepra. Miembro del Consejo de la Facultad de Medicina (UCV) hasta el presente.  Ha merecido el Premio José Gregorio Hernández. La medalla Salud Para Todos y el Premio Príncipe de Asturias.
Ni la edad ni las dificultades han mermado su infinita compasión. Actualmente investiga, a los 98 años, junto a otros médicos,  quienes aprenden y trabajan a su lado día a día para encontrar la cura a otras enfermedades tan dolorosas como la lepra. Entre ellas el cáncer.
Por eso los pastoreños celebramos este 11 de septiembre su 98 cumpleaños y junto a todos los venezolanos como una sola familia pedimos:
¡DIOS BENDIGA AL DOCTOR JACINTO CONVIT!
Héctor Seijas


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